No era un fin de semana cualquiera en mi pueblo, la gente por la calle pronunciaba mi nombre, me buscaba por la Iglesia, por el Castillo, me intentaban localizar en las paredes de las casas.

Me sentía observado, sin entender qué estaba pasando, hasta que en unos de mis vuelos para buscar comida escuche decir a unos vecinos que se estaba celebrando el “I Festival de los Vencejos” en Alange. Al principio no podía creerlo, ya que habían sido muchos años de lucha contra CDs voladores y otros utensilios que incordiaban un poco mi vida, pero ahora era el protagonista de Alange junto con mi familia y amigos y, sinceramente ahora que estáis leyendo esto, me sentí alagado al ser el protagonista de ese fin de semana, por qué no decirlo.

Seguí volando para recabar más información, supe que había charlas, ponencias y una ruta que me llamo mucho la atención. Se trataba de una ruta para conocer Alange, qué curioso; llevaba tiempo por aquí, conocía a sus vecinos, pero no conocía la historia del pueblo que me vio nacer, así pues  no lo pensé dos veces y decidí acompañar a los humanos en la oscuridad de la noche.

A las diez y media sobrevolé  los Canchos de la Pata del Buey y esperé con ansias a que llegara la gente. El guía, al que todos llamaban Juan Diego, comenzó a contar las leyendas e historias de Alange y, tras la Pata del Buey, nos llevo a la Ermita de San Gregorio donde desde fuera oí hablar de unos dibujos que los niños del colegio habían realizado sobre mí y mis amigos, me asomé para curiosear y me quedé impresionado con tanta obra de arte sobre mí.

El paseo continuó hasta la Fuente del Homenaje al Agua. Sin que me vieran, volé sobre las esculturas y allí escuché hablar de fuertes tormentas, de rayos destructores y de épocas donde lo divino y lo real se mezclaban.

Seguí volando hasta la Casa de la Encomienda y así continuó la visita por los lugares más emblemáticos de la localidad… Su Iglesia, la Piedra Loba, los Canchos los Toros, la Ermita de San Bartolomé y, finalmente, el Balneario. Como no quise asustar a los pocos valientes que quedaron a esas altas horas de la noche, decidí dirigirme directamente hasta el jardín del Balneario, allí necesité descansar pues llevábamos más de tres horas de ruta y, aunque parezca extraño, me posé en uno de los aspersores que riegan el jardín noche tras noche. El grupo entró en el Gran Hotel Aqualange y pasó por el túnel que lo comunica con las Termas Romanas; sinceramente en el interior no se qué pasó aunque puedo imaginar que se habló de las Termas, de su Patrimonio de la Humanidad, de los descubrimientos que se hicieron mientras se construía el túnel pero, como bien digo, es lo que yo puedo imaginar que se habló porque decidí no entrar. Tras un rato esperando sobre el aspersor, los paseantes salieron al jardín donde hubo tiempo para fotografías y contar algo breve ya que, de repente y sin saber si yo tuve la culpa, los aspersores comenzaron a funcionar asustando al grupo; pero no fueron los únicos, ya que yo también eché a volar hasta la parte alta del edificio de las Termas, desde donde observe cómo la visita llevaba camino a terminar, volé hasta la entrada del Hotel Aqualange, sobrevolé las flores que adornan su entrada y vi como en el interior se hacía la foto de despedida. Tras ese momento decidí volar hasta mi nido.

Si no me visteis durante este festival, espero que haya otra oportunidad para poder hacerlo el año que viene. Yo, por el momento, me mantendré en el anonimato para seguir volando entre las decenas de vencejos que lo hacen todos los días por los cielos de Alange.

Un saludo a todos y todas los alangeños y las alangeñas.

Texto, Nicolás Megías Berdonce.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Verificación: * Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.